TRAVESIAS

Zarpar implica soltar amarras, atreverse a navegar aguas abiertas sin saber hacia dónde.

Toda travesía es, en el fondo, un cruce: un momento en el que algo queda atrás mientras otra forma de horizonte comienza a insinuarse.

Las obras de Marcela Zelikowicz se despliegan como un recorrido que no se detiene en un único lenguaje. Parten de la pintura, de ese primer territorio donde el color aparece como materia sensible, como presencia. Pero ese color no permanece intacto: en el transcurrir del proceso se aquieta, se desplaza, comienza a retirarse, como si en el viaje algo se fuera soltando, desprendiendo, dejando lugar a otra cosa.

La travesía también ocurre ahí.

La pintura se expande y encuentra en la cerámica otra forma de insistir: la materia se vuelve barca, toma cuerpo, se deja habitar. Y en ese pasaje el color se apaga, se vuelve mínimo, hasta casi desaparecer. La barca, que antes estaba atravesada por el color, aparece ahora blanca, como un cuenco que contiene y a la vez se ofrece, sosteniendo ese tránsito sin fijarlo, disponible a lo que llegue, a lo que la atraviese.

Ese desplazamiento no es solo material, es una forma de avanzar sin dirección fija, sostenida por el impulso de la creación. Un movimiento que no busca destino, sino permanecer en ese estado donde algo nuevo puede aparecer, una y otra vez.

La obra continúa su recorrido, se multiplica, se transforma. Las matrices habilitan la repetición y la variación, expanden la imagen; las fotografías de las barcas las devuelven al plano, las vuelven otra cosa. Nada se cierra: cada instancia abre, desplaza, continúa.

Todo se transforma.

Travesía no es solamente desplazarse, es atravesar una experiencia: un tránsito entre lo interior y lo visible, entre la memoria y aquello que todavía no tiene forma.

Si al inicio había una figura en la orilla, detenida frente a un punto lejano, en este recorrido esa distancia se modifica. Ya no se trata de mirar desde afuera, sino de entrar en mar
abierto, de sostener el movimiento, de perder referencias y, en ese mismo gesto, habitar el proceso.

El horizonte deja entonces de ser un destino para volverse campo: un espacio abierto, inestable, en expansión.

Marcela Zelikowicz nos invita a entrar en esa travesía, a reconocer que no siempre hay una dirección previa, y que es en el hacer, en ese avanzar sin garantías, donde algo finalmente se revela.

Carla Rey. Otoño de 2026